jueves, octubre 12, 2006

Órdenes, costumbres y caprichos (II)



¿Quién manda en mi?

Como dije en el post anterior, nunca nos paramos a pensar por qué hacemos las cosas, tenemos nuestros motivos, pero no lo damos importancia. En el blog anterior me refería a eso precisamente, por qué las hacemos; en ocasiones por órdenes, en otras por costumbres y muchas otras por caprichos. Pues bien, hoy vamos a fijarnos en esta parte: ¿Eres dueño de tus propias decisiones? ¿Siempre haces lo que quieres, o lo que consideras mejor aunque no sea del todo de tu agrado?
A la hora de tomar una decisión cuenta mucho el peso que ello conlleva; depende si es algo muy importante, a lo mejor lo que tú deseas no es lo más apropiado porque pueda tener consecuencias.
El ejemplo que se puso en clase fue el del capitán de un barco que al encontrarse en alta mar con una fuerte tormenta, se ve en la obligación de desprenderse de algún peso si quiere seguir con vida. Claro está que valora su vida, pero no le hace ninguna gracia tener que arrojar la mercancía tan valiosa que lleva. ¿Qué puede hacer? Tampoco iba a tirar tripulación, por muy inútiles que fueran algunos marineros... ¿Qué será mejor? No es costumbre tirar por la borda la preciada mercancía y mucho menos a los marineros, pero su deseo de llegar sano y salvo a puerto es más fuerte que la obligación que tenía de entregar la mercancía. Todo esto no hubiese pasado si no se hubiese levantado esta tormenta... pero eso nadie lo puede evitar.
No siempre las decisiones que tenemos que tomar son a vida o muerte, pero si pueden ser importantes en nuestra vida.
Las órdenes las cumplimos por diversos motivos:
-Por miedo; A que nos regañen nuestros padres si no hacemos lo que nos dicen, por ejemplo.
-Por recompensa; cuando tu madre te dice que si la ayudas a limpiar este fin de semana te aumentará la paga, o que cuando apruebes todas te pagarán el permiso de la moto... Aunque hay veces que lo haces por otro tipo de recompensas, de esas obligaciones que cumples por tí mismo, o que con esforzarte para realizarlas la recompensa viene sola, como cuando te esfuerzas mucho para tener un sobresaliente y al final le consigues... por lo menos para mi sí el sobresaliente ya es una recompensa, y si encima tus padres se alegran y te dejan más tarde este sábado imaginate...
-También puedes realizar obligaciones por afectividad; mi abuelo se pasa el día diciéndome: anda guapa, traeme un palillito/la pastilla/las gafas/una servilleta... y sí, lo hago, pero que sepáis que mi abuelo no es muy mayor aún y lo puede hacer perféctamente... solo que lo hace para ponerme a prueba muchas veces. La recompensa en estos casos suele ser un beso o un par de euros los domingos.
Hay costumbres que tienen más fuerza que las órdenes, como la de fumar. La costumbre es tan fuerte que supera la órden, por lo que tiendes a desobedecer y hacer lo que más te apetece, porque no puedes controlarte. Hay que aprender a controlarse y saber cuando tienes que cumplir una obligación y cuando puedes hacer lo que quieras.
Los caprichos normalmente tienen menos fuerza, porque surgen cuando no hay una necesidad. Si tienes mucha hambre (pongámonos en el caso de llevar un día entero sin comer porque se te rompió el coche en una carretera prácticamente abandonada) no creo que rechaces la comida que puedas conseguir, aunque nunca antes hubieses imaginado comerla con ese ansia y ese gusto porque siempre te ha dado asco. Te lo comerías y punto, no pensarías ni en el sabor. Siempre que tengas la oportunidad de elegir entre varias cosas escogerás la que más te guste, pero cuando no sea así tendrás que conformarte con lo que tienes. Si no te conformas con eso es porque no lo necesitas de verdad, porque tienes todo lo que quieres.